Amigos conversando y compartiendo un café en un encuentro cercano

“El mensaje más claro es éste: las buenas relaciones nos mantienen más felices y más sanos.” — Robert Waldinger, director del Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard

Malcolm Gladwell comienza Fueras de serie con una historia que parece tener poco que ver con el éxito.

En Roseto, Pensilvania, una comunidad formada principalmente por inmigrantes italianos, los investigadores encontraron durante décadas una mortalidad por enfermedad cardiaca sorprendentemente baja.

Buscaron explicaciones en la alimentación, el ejercicio y la genética. No fueron suficientes.

Lo diferente parecía estar en otro lugar: familias cercanas, varias generaciones conviviendo, vecinos que se visitaban, conversaciones frecuentes y una intensa vida comunitaria. Cuando esa cohesión comenzó a desaparecer, también se redujo la extraordinaria ventaja cardiovascular que había distinguido a Roseto. El seguimiento científico confirmó ese cambio a lo largo del tiempo.

La historia sigue siendo provocadora porque nos recuerda algo que solemos olvidar:

una parte de nuestra salud y de nuestra manera de vivir ocurre también entre nosotros.

Las amistades tienen tiempos distintos

Cuando pienso en mis propios amigos, me cuesta hablar de “la amistad” como si todas las relaciones importantes fueran iguales.

Tengo amigos desde la infancia. Con algunos compartí juventud y después etapas profesionales. Las conversaciones fueron cambiando: primero hablábamos de lo que queríamos hacer; después, de lo que estábamos haciendo; hoy muchas terminan alrededor de nuestras familias, de lo que ha ocurrido mientras la vida avanza y de aquello que con los años descubrimos que realmente importa.

Esta misma semana que termina me reuní a tomar café con algunos de ellos.

No ocurrió nada extraordinario.

Y quizá precisamente por eso fue extraordinario.

Sentarse, conversar, recordar, reírse, preguntar por las familias y simplemente disfrutar estar juntos son esos momentos que uno termina valorando de otra manera. Te deleitan, te reconcilian con el paso del tiempo y, de alguna forma, te mantienen vivo.

También tengo amigos relativamente recientes con quienes, sin necesitar décadas de historia, se ha construido una relación extraordinaria.

Eso me ha enseñado que la profundidad de una amistad no siempre se mide en años.

Se mide también en confianza, interés genuino, posibilidad de disentir y capacidad de hablar sin representar ningún papel.

“La felicidad es amor. Punto.” — George Vaillant, Harvard Medical School

En Cuando el silencio incomoda reflexionaba sobre nuestra dificultad para detenernos y escuchar. Quizá escuchar sea una de las maneras más sencillas de decirle a alguien: lo que te ocurre me importa.

Una amistad hecha también de mensajes

Hay otra amistad que me ha hecho pensar especialmente en todo esto.

Hace años que no nos vemos personalmente, pero mantenemos comunicación prácticamente cada semana. Uno de nuestros temas recurrentes son precisamente estos artículos.

Es uno de mis lectores más asiduos. Me comenta qué le gustó, dónde no coincide conmigo y qué considera que debería revisar. Muchas veces terminamos disertando a partir de lo que escribí.

Esa conversación también es amistad.

Durante estos años enfrentó además una enfermedad gravísima, de la que ha logrado una recuperación extraordinaria.

Y hubo dos cosas que nunca abandonó: el sentido del humor y una fe inquebrantable.

Revisando nuestro chat encontré una historia que me envió en marzo de 2025 después de una endoscopia.

Y creo que describe mejor que cualquier explicación su manera de mirar lo que le estaba ocurriendo.

Una endoscopia, Miles Davis y un teléfono

Contaba que el hospital empezaba a recordarle aquellos restaurantes y lugares que frecuentaba años atrás donde, apenas llegaba, ya sabían qué música poner, qué bebida llevarle o incluso cómo quería cortarse el cabello.

En el hospital ocurría algo parecido.

La anestesióloga conocía sus medicamentos, sabía sus antecedentes y, antes de aplicarle un espray en la garganta, insistió:

“¡Sabe muy feo! ¡Huácala! ¡Feo, feo!”

Mientras lo acomodaban entre cables y monitores, tomó un dispositivo y anunció:

“Ahí va Miles Davis de tu colección de jazz.”

Él todavía alcanzó a preguntar cómo sabía que le gustaba Miles Davis.

La anestesia le ganó antes de escuchar la respuesta.

Ya en recuperación llegó una joven médica:

Y remataba su historia con una frase que todavía me hace sonreír:

“No sé si la médico percibió mi decepción.”

Leer la historia completa

La siguiente es la historia tal como me la compartió en nuestro intercambio de mensajes.

Te cuento que fui a que me hicieran una endoscopia esofágica; Acompañado por la fiera Surianita, dada su fama en la región ya se cuadra desde la policía bancaria que revisa bolsos y salvoconductos hasta administradores y cajeros; el caso es que me sentí transportado a la última década del siglo pasado, donde te hacías reconocer en todos los restaurantes y bares a fuerza de propinas, buen trato y frecuencia.

Recuerdo que en El Salón Luz, apenas entraba sonaba “Satin Doll” o en “La Pérgola” me presentaban mis papas a la mantequilla; Lo normal en el bar de Samborn’s eran dos caballitos de “Herradura Reposado”, En el «C’est si bon» tenían, en cuanto entraba cierta “Torta de niño pobre” y una botella de Beaujolais (no era muy refinado en vinos) y en la estética “la Barbería” ya sabían cual era mi estilo de corte de Cabello… y así la tienda de ropa; Tanto fue así que algunas cadenas ya tenían una base de datos, en cuanto se presentaba uno la recepcionista lograba que cualquiera que visitara la mesa supiera quién estaba ahí… Pues algo parecido sucedió en el servicio de endoscopia del hospital…

El responsable de recibir a los pacientes pregunta si cumplió uno con todos los requisitos; ayunos, medicamentos, preparados según el procedimiento que le vayan a practicar; Puede darse uno cuenta que revisan el expediente de cada paciente, pero de repente se deja uno llevar por el lenguaje coloquial:

Mientras me recostaban a modo, con la patita acá el hombro allá, los cables, (empezó a sonar el bumping de mi corazón), Marisol tomó su dispositivo y comentó: ahí va Miles Davis de tu colección de Jazz

Pensé que todo esto se parecía en algo a las interacciones que tenía yo con restauranteros y proveedores de servicio, pero ya en la sala de recuperación llegó una doctorcita muy guapa…

Si no abre en modo Lectura, usa la vista normal.

El humor y la fe también sostienen

Lo importante no es solamente el humor.

Es lo que ese humor revela sobre una manera de enfrentar la adversidad.

No negaba la gravedad de lo que estaba viviendo. Pero tampoco permitía que la enfermedad se convirtiera en toda su identidad.

Podía hablar de diagnósticos, tratamientos, esperas interminables y pronósticos difíciles y, al mismo tiempo, seguir encontrando una razón para reír.

Y junto al humor había algo todavía más profundo: su fe.

No como recurso de último momento, sino como una convicción permanente. En nuestras conversaciones siempre estuvo presente esa confianza espiritual con la que enfrentó momentos extraordinariamente difíciles.

Por eso sería incompleto contar su recuperación como si la espiritualidad hubiese sido un elemento secundario.

Para él, la fe formó parte de su fortaleza, de su esperanza y de la manera de darle sentido a lo que estaba viviendo.

Y hoy sabemos que esto no pertenece únicamente al terreno de las creencias personales. Una revisión sistemática publicada en JAMA, que examinó cientos de estudios, concluyó que la espiritualidad tiene suficiente relevancia para ser considerada en la atención de las enfermedades graves y en la salud en general. Investigaciones longitudinales también han encontrado asociaciones entre participación espiritual o religiosa y mayor bienestar, propósito de vida, menor depresión y diversos indicadores favorables de salud.

La espiritualidad no sustituye la medicina.

Pero la salud tampoco puede reducirse únicamente a medicamentos, procedimientos y análisis clínicos.

Somos también vínculos, esperanza, propósito, creencias y maneras de interpretar lo que nos ocurre.

Estar cerca tiene muchas formas

Esta amistad me recuerda además otra cosa.

Hace años que no estamos sentados frente a frente y, sin embargo, seguimos conversando.

Un mensaje puede ser superficial.

Pero también puede contener una historia.

Una discrepancia.

Una recomendación.

Una preocupación.

Una broma.

Una conversación sobre la familia.

En Atravesar el Louvre en motocicleta escribía sobre el riesgo de pasar demasiado rápido frente a aquello que merece nuestra atención. Con las personas ocurre exactamente lo mismo.

No es el medio el que determina la profundidad.

Es la atención.

“Nuestras relaciones individuales son un recurso sin explotar: una fuente de sanación a plena vista.” — Vivek Murthy, ex Cirujano General de Estados Unidos

Lo que vale la pena no dar por hecho

Las relaciones importantes tienen una pequeña trampa.

Precisamente porque parecen sólidas, empezamos a considerarlas permanentes.

Habrá otro café.

Otro mensaje.

Otra llamada.

Otra discusión sobre un artículo.

Casi siempre la hay.

Pero no necesariamente.

En Lo que dejamos de ser escribía sobre cómo aquello que dejamos de practicar termina también transformándonos. Quizá las relaciones funcionen de manera parecida: no siempre se pierden por una ruptura; algunas simplemente se van apagando por falta de presencia.

Cuando pienso en mis amigos no encuentro una sola historia.

Encuentro amistades de toda la vida y otras mucho más recientes.

Personas cercanas y otras lejanas.

Conversaciones alrededor de un café y conversaciones mediante una pantalla.

Recuerdos, proyectos, diferencias, humor, familia y también fe.

Las historias son distintas.

Pero todas terminan recordándome algo bastante sencillo:

las personas que hacen que la vida valga más no son necesariamente las que están siempre a nuestro lado. Son aquellas con las que seguimos compartiendo la vida, incluso cuando la vida cambia.

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