“Hay momentos en los que avanzar exige dejar de demostrar quién has sido.” — León Prior
Hay una forma de fracaso que reconocemos fácilmente: hacer algo mal.
Existe otra bastante más difícil de detectar.
Seguir haciendo muy bien algo que ya no necesitamos hacer.
Después de más de 25 años trabajando con directivos, he encontrado esta paradoja muchas veces. La experiencia ayuda. Da perspectiva, permite reconocer patrones, evita errores que ya conocemos.
Pero también puede convertirse en una defensa.
“Esto ya lo vivimos.”
“Sé perfectamente cómo funciona.”
“Siempre lo hemos resuelto así.”
Lo complicado es que muchas veces es cierto.
La persona realmente sabe. Tiene experiencia. Ha obtenido resultados.
Y precisamente ahí comienza el problema.
Porque cambiar cuando algo ha fracasado es relativamente sencillo. Lo difícil es abandonar algo que todavía funciona.
Hace una semana escribía en ¿Cuándo fue la última vez que algo te cambió la mirada? sobre el riesgo de dejar de encontrarnos con aquello que nos contradice. Cambiar la mirada tiene una consecuencia que entonces dejé abierta: a veces, después de mirar distinto, ya no puedes seguir siendo exactamente el mismo.
Y eso cuesta.
No porque nos falten conocimientos.
Porque hay algo que perder.
1. Perder la certeza
Cuando Satya Nadella asumió la dirección de Microsoft en 2014 no llegó diciendo que la organización no sabía nada.
Hubiera sido absurdo.
Microsoft estaba llena de personas extraordinariamente competentes.
El problema era otro.
Nadella comenzó a cuestionar una cultura que premiaba demasiado el saber y demasiado poco la curiosidad. Con el tiempo resumió la transición con una expresión muy sencilla: pasar de quienes creen “saberlo todo” a quienes quieren “aprenderlo todo”. Microsoft sigue describiendo ese cambio cultural, más de una década después, como una de las transformaciones centrales de su etapa.
Parece una diferencia semántica.
No lo es.
El experto entra a una conversación buscando demostrar que sabe.
El aprendiz entra intentando descubrir qué no había visto.
Y, con los años, resulta cada vez más difícil escoger la segunda posición.
No necesitamos negar nuestra experiencia. Sería ridículo.
Necesitamos impedir que se convierta en sentencia.
¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión sobre algo en lo que eras realmente experto?
2. Perder competencia
Hay otra pérdida menos agradable.
Volver a no saber.
Stanford lo plantea de manera particularmente interesante al estudiar la transición hacia posiciones de liderazgo: avanzar obliga muchas veces a dejar precisamente las actividades y capacidades que hicieron exitosa a una persona en su etapa anterior. El trabajo deja de depender de lo que uno ejecuta personalmente y empieza a depender de lo que consigue que otros hagan posible.
Eso suena lógico en un salón de clases.
En la vida profesional es otra cosa.
El mejor especialista asciende y deja de ser el mejor especialista.
La persona que resolvía personalmente los problemas ahora tiene que observar cómo otro los resuelve de una manera distinta.
El directivo que dominaba cada detalle necesita empezar a formular preguntas sobre asuntos en los que alguien más sabe más.
No siempre se siente como crecimiento.
A veces se siente como torpeza.
Y quizá por eso nos aferramos tanto a aquello que dominamos.
Algo parecido ocurrió con Adobe bajo Shantanu Narayen. La organización tenía un negocio extraordinariamente reconocido alrededor del software instalado en computadoras. La transformación hacia un modelo de suscripción en la nube significó abandonar progresivamente una fórmula que había construido buena parte de su éxito. Adobe atribuye a Narayen haber liderado precisamente esa transición.
Cambiar no siempre empieza cuando algo deja de funcionar.
A veces comienza cuando tienes el valor de preguntarte cuánto tiempo más funcionará.
¿Qué haces extraordinariamente bien que podría estar impidiéndote aprender lo siguiente?
3. Perder reconocimiento
Esta pérdida me parece todavía más humana.
Durante años construimos una reputación.
Nos convertimos en “el que sabe de…”, “la que resuelve…”, “el director de…”, “la persona a la que hay que llamar cuando…”.
Poco a poco dejamos de describir lo que hacemos y empezamos a describir quiénes somos.
Por eso algunas transiciones profesionales son mucho más difíciles de lo que muestran los organigramas.
Investigaciones de Harvard Business School sobre personas que dejan posiciones profesionales de larga trayectoria han encontrado precisamente esa dificultad: abandonar el trabajo puede significar separarse de una identidad construida durante décadas.
No hace falta llegar al retiro para sentirlo.
Puede ocurrir al delegar.
Al cambiar de responsabilidad.
Al emprender algo distinto.
Al dejar una posición directiva.
Incluso al permitir que un colaborador haga mejor algo que durante años consideramos nuestro territorio.
En Cuando decides soltar… y todo empieza a desordenarse escribí sobre lo que sucede cuando un directivo empieza a dejar de controlar decisiones que antes pasaban por él. Aquello parecía un problema de delegación. Visto desde aquí, también era un problema de identidad: si ya no soy indispensable para resolver esto, ¿qué lugar ocupo ahora?
No es una pregunta menor.
Y probablemente todos enfrentamos alguna versión de ella.
4. Perder pertenencia
Cambiar también modifica las conversaciones en las que cabemos.
Stanford advierte que una transición profesional puede implicar no solamente cambiar actividades, sino también ampliar o modificar el círculo de personas con las que nos relacionamos, porque nuestra identidad profesional está vinculada a esos grupos.
Esto explica algo que pocas veces incluimos en los planes de cambio.
Podemos decidir cambiar individualmente y, al mismo tiempo, seguir rodeados exclusivamente de personas que esperan nuestra versión anterior.
Y entonces aparece una fuerza silenciosa.
Nosotros cambiamos.
El entorno nos recuerda quiénes éramos.
No necesariamente por mala intención. Quizá incluso por cariño, confianza o costumbre.
Pero cambiar de verdad puede requerir conversaciones nuevas, referentes distintos y espacios en los que todavía nadie tenga una definición terminada de nosotros.
Eso puede sentirse extraño.
También liberador.
¿Qué parte de quien eres hoy sigue existiendo porque los demás esperan encontrarla?
5. Perderte un poco
Quizá esta sea la parte que menos nos gusta admitir.
Entre una identidad y otra existe un espacio incómodo.
Ya no somos completamente aquello que éramos.
Pero todavía no sabemos exactamente qué sigue.
Herminia Ibarra ha estudiado durante años estas transiciones. Su investigación en INSEAD describe cómo las personas que cambian de trayectoria no suelen descubrir primero una nueva identidad para después actuar conforme a ella. Con frecuencia ocurre al revés: prueban actividades, establecen relaciones diferentes, ensayan posibilidades y, poco a poco, construyen una nueva respuesta a la pregunta “¿quién soy?”.
Eso cambia mucho la conversación.
Tal vez no tengamos que saber exactamente en qué queremos convertirnos antes de movernos.
Podemos explorar.
Probar.
Descartar.
Volver a empezar.
Durante un tiempo incluso podemos sentir que no encajamos perfectamente en ninguna definición.
No es una falla del proceso.
Es parte del proceso.
Hace dos semanas, en Lo que dejamos de ser, planteaba que nuestra identidad también se transforma a partir de aquello que dejamos de practicar. Hoy agregaría algo: algunas cosas necesitan dejar de practicarse deliberadamente para que otras tengan espacio para aparecer.
No todo debe conservarse
Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a acumular.
Más conocimientos.
Más habilidades.
Más contactos.
Más experiencia.
Más herramientas.
Pero hay etapas en las que crecer no consiste en agregar.
Consiste en seleccionar.
Qué conservar.
Qué cuestionar.
Qué dejar.
Y probablemente esa decisión se vuelve más difícil cuanto más exitosa ha sido nuestra historia anterior.
No se trata de renunciar a lo aprendido ni de negar lo construido.
Se trata de algo bastante más exigente:
evitar que nuestra historia se convierta en una obligación de seguir repitiéndonos.
Tal vez el cambio más importante no empiece preguntándonos qué queremos llegar a ser.
Quizá empiece con otra pregunta.
¿Qué versión de mí ya cumplió su función?
